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La historia de amor que no sabía que estaba viviendo

Writer: Ana Tetzlaff
Ana Tetzlaff
Sep 1
3 min read

Updated: Sep 3

ENTRE ENCUENTROS Y DESENCUENTROS · Una historia real en cinco episodios · EPISODIO 1

Tres días. Eso fue todo lo que hizo falta para conocer a alguien a quien mi corazón todavía reconocería años después.

Nos conocimos durante un taller estatal de teatro, en una competencia escolar. Había equipos, voces, movimiento y muchas personas alrededor. Sin embargo, una presencia empezó a destacar de una manera que yo no sabía explicar. No fue una entrada grandiosa ni una certeza inmediata: fue la sensación de que algo dentro de mí se había movido antes de que pudiera comprenderlo.


Cuando su mano rozó la mía sentí un estremecimiento y una conexión mucho más profunda que la sorpresa. Mi cuerpo pareció entender antes que mi mente que aquel instante era distinto. No sabía si él había sentido lo mismo, pero desde entonces siempre percibía dónde estaba.


Tres días en el mismo lugar


Durante esos tres días estuvimos en el mismo edificio de dormitorios. Nos mirábamos y queríamos acercarnos, pero ninguno sabía cómo. Quizá era timidez; quizá el temor de interpretar mal lo que el otro sentía. Con el tiempo entendí que algunos encuentros comienzan mucho antes de la primera conversación.


Al final del segundo día finalmente hablamos. La cercanía surgió con una naturalidad sorprendente. No conocíamos todos los detalles de la vida del otro, pero tampoco parecía necesario vencer la distancia habitual entre dos desconocidos. Había una familiaridad esperando a que llegáramos hasta ella.


El tercer día


El tercer día nos besamos. No hubo tiempo para descubrir con calma en qué podía convertirse aquel comienzo. La competencia terminaba, los equipos regresaban a sus ciudades y la realidad ya preparaba una despedida. A veces la vida nos presenta a alguien en el mismo instante en que nos pide dejarlo partir.


Él volvió con su equipo a una ciudad situada a más de tres mil kilómetros de la mía. Intercambiamos contactos y seguimos hablando, pero la distancia volvió difícil de ubicar en la vida cotidiana todo aquello que había parecido tan cercano.


Cuando la realidad también forma parte del amor


No eran solo los kilómetros. Él no quería dejar sola a su madre; yo no podía marcharme porque mis padres mayores necesitaban cuidado. No eran excusas ni una señal de que lo nuestro fuera débil. Eran responsabilidades reales, decisiones que no podían tomarse únicamente con el corazón.


Elegimos conservar la amistad. La vida continuó y por un tiempo aquella historia pareció destinada a ser solo un recuerdo: tres días, una conversación, un beso y una despedida. Pero algunos recuerdos permanecen porque revelaron algo verdadero antes de que existieran las condiciones para hacerlo crecer.


Lo que todavía no sabía


Entonces no sabía que ciertas historias no terminan cuando dos personas se despiden. Tampoco imaginaba que el tiempo podría cambiar casi todo sin borrar la sensación de aquel primer encuentro. Solo sabía que había conocido a alguien extrañamente familiar y que una parte de mí guardaría esos tres días.


Tal vez por eso me atraen los romances donde el amor convive con responsabilidades reales. No creo que el sentimiento resuelva todo ni me interesan los personajes perfectos. Creo en conexiones que nos transforman mientras la vida todavía nos pide esperar, elegir o alejarnos.

Algunas historias no terminan en la despedida. Esperan en silencio a que el tiempo revele lo que realmente fueron.

— Ana Tetzlaff
 
 
 
Ana Tetzlaff
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